independiente y nada, pero nada más. (ladyrocketdale) wrote in avecesvuelvo,
independiente y nada, pero nada más.
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.nineteen


.entre los pliegues de lejanos lugares oscuros.


Se escucha un equipo de música prendido y ella se mueve inconscientemente al ritmo con los acordes que le son familiares desde su infancia. Violeta Parra da gracias a la vida y, absorta en su tarea de pelar, una tras otra, las uvas oscuras sobre la mesada de la cocina, ella corea cada vez que se lo permite la canción.

Mora no entiende qué problema tiene su familia con la piel de las uvas, es tan suave y delgada que nadie debería siquiera notarla. Además no le piden que saque las semillas, lo que tendría más sentido porque son amargas al morderlas; simplemente tiene que pelarlas. Desnudarlas. Ya va por la treinta y nueve, no tiene idea de cuántas le faltan; en la última Cuaresma llego a las doscientas doce (se comió cuatro durante el proceso, pero no las peló, así que no cuentan).

Cada vez que deja una uva en la fuente se queda quieta por unos segundos, insegura, casi como a la espera de haberse equivocado y haberla puesto dentro de la bolsa de plástico donde yacen las cáscaras. Ya rescató tres al sentir que su movimiento de manos era erróneo, no quiere que sean más.

Le pica el cuello en el estribillo de la canción y trata de remediarlo frotándose contra el hombro derecho, pero lo único que logra es estar más molesta y rasparse con la cadenita de la que cuelga la piedra de amatista que perteneció a su ya difunta abuela. Por razones como esta, piensa, secándose las manos en el repasador y dejándolo ligeramente manchado de un desteñido violeta, ella no usa cosas en el cuello. Pero la vieja murió hace poco y su madre aún le pide que lo luzca en las reuniones familiares; Mora acepta aunque las dos saben que ella odiaba a su abuela. Y el sentimiento era mutuo. La piedra en cuestión había sido un obsequio del segundo marido de la anciana, el que murió ahorcado en medio de un confuso juego sexual y fue encontrado con la cara desfigurada de un modo que no dejaba lugar a duda sobre la asfixia como causa de muerte. Mora a veces se pregunta si con ese regalo su abuela le deseaba un destino parecido.

Su principal compañía en este día es la música, junto, quizás, con sus frutas; el olor de uva dulce le da al ambiente un dejo inconfundible de tarde de verano y se pierde por la casa llevado por las ráfagas de un viento fresco que amaina el calor.

La gente comenzará a llegar con el atardecer siguiente, familiares de regiones que ni sabe señalar en un mapa, con hijos y sobrinos y mascotas. Ella ya puede escuchar el ruido que van a hacer, las órdenes confusas en portugués, francés y español; reconoce en su cabeza la voz de su madre, la de su tía, si hace un esfuerzo la de esa prima feminista de ley, que al día de la fecha su padre cree que es lesbiana, pero Mora sabe que está en una secreta relación con el dueño de un viñedo en Francia.

Sigue de modo casi automático con su tarea de pelar mientras imagina y vaticina cómo se llenarán las mesas: las recetas tradicionales, los platos descartables y los vasos de plástico cristal, que siempre se rompen cuando su abuelo paterno los aprieta demasiado fuerte mientras se queja que en su época los materiales tenían mayor resistencia. Las servilletas van a andar más por el piso que en su lugar y harán falta cuando los niños tengan en su boca residuos de salsas, condimentos y gaseosa en igual intensidad; por lo que ellos terminaran seguro limpiándose los labios con las mangas de su propia ropa.

Va por la uva cuarenta y tres cuando interrumpe su tarea el aleteo de un turaco en la ventana frente a ella. Sabe qué pájaro es no por el color índigo en sus alas -que seguro reflejarán el sol de una manera tan impecable que parecerá ser luz pintada a propósito en la esquina de un cuadro impresionista- sino porque siempre hay uno de esos dando vueltas por su jardín y Mora reconoce su suave canto y distingue el ruido que hace con sus alas. Ella puede imaginarse odas escritas ante la imagen del contraste entre los colores del ave y los verdes de la casa en las afueras de Lisboa. Lamenta entonces no ser escritora y además, estar sola en la casa y no poder llamar a nadie para que venga a mirarlo o sacarle una foto. De cualquier modo, Mora prefiere su tranquilidad y está en contra de las cámaras de fotos, siente que son incapaces de capturar la esencia de lo hermoso y lo verdaderamente brillante; solo muestran un poquito de lo que el ojo en su esplendor podría.

Para muchos es raro que siga defendiendo al ojo humano, después de lo traidor que resultó ser el propio par; pero ella extraña su vista completa por sobre todas las cosas y ni las fotos podrían darle lo que ella no pudo ver.

Ya no hay colores en su vida y no ve las uvas que pela, pero Violeta Parra sigue cantando y Mora, libre, imagina con lo que recuerda.
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