independiente y nada, pero nada más. (ladyrocketdale) wrote in avecesvuelvo,
independiente y nada, pero nada más.
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.seventeen


(originalmente escrito para el taller, con la consigna "ojo de lechuza". inspirado y dedicado a elmundodelamaga)



No tuvo fiesta de quince, ni celebración de dulces dieciséis, tampoco un benei mitzvah ni un diksha. A ella simplemente le regalaron un escudo cuando cumplió doce.

Un escudo que pesaba más que ella, que se veía sucio, que cortaba en los bordes si no lo sabías agarrar bien. Un escudo de color peltre apagado que se notaba que hacía bastante que no brillaba y que tenía labrada en el centro una mirada penetrante, una mirada inteligente. Nadie le dijo de quién era la mirada, pero cada vez que lo tenía frente a ella se quedaba contemplando esos ojos, buscando reconocerlos. No sabía decir, menos con su corta experiencia, si eran de un hombre o una mujer o un animal. No podía ver en ellos ningún rasgo característico, simplemente estaban ahí, tallados en el medio de su escudo, remarcados por el polvo acumulado en las hendiduras que se veían así más negras que grises.

De entrada no entendió el regalo. No encontró símbolo más allá de lo obvio, de lo literal: era para defenderse. A los doce años mucha idea de que podría tener que defenderse no tenía, si tenía manos que la cuidaban y voces que la protegían, para qué necesitaba algo más (algo viejo, sucio, pesado y con ojos ahí, mirándola).

A los dieciséis lo guardó detrás de su cama, porque en el medio de la habitación carecía de sentido, siempre alguien terminaba golpeándose con él y además a la noche ella estaba segura de que los ojos brillaban.

A los dieciocho lo volvió a sacar. Cuando se mudó sola a una casa desconocida, cuando se encontró dejada a la deriva de la vida, lo puso a la vista y lo usó para lo que siempre supuso que servía: defenderse. Su escudo dejó de ser viejo al darle un uso en el hoy por hoy, dejó de ser sucio cuando se pasó una tarde con él y gastó todo producto embellecedor que se le cruzó por la cabeza, dejó de ser pesado cuando lo movió cerca de su puerta de entrada; donde el par de ojos miraría a cualquiera que entrase (y lo miraría con severidad).

Desde ahí, jamás dejó su escudo.



(Antes de cumplir los treinta, le regalaron otro. Pero distinto, no tenía forma de escudo, ni era color peltre, ni era viejo, ni estaba sucio. Antes de cumplir treinta, tuvo su primera hija.

La niña tampoco quiso fiesta de quince, ni celebración de dulces dieciséis, no necesitó de un benei mitzvah ni de un diksha. Entonces ella, cuando la nena cumplió doce, le dio su escudo.

—Mira —fue lo primero le dijo la nena señalando los ojos— Son como los tuyos.

— ¿Cómo los míos?

—Sí — y la nena se levantó, fue a buscar un libro de la biblioteca y se lo trajo a ella, a su mamá, abierto en una página determinada.

—Y como los de ella— dijo, pero el libro no tenía ningún dibujo para que la nena señale, simplemente estaba abierto en el mito del nacimiento de Pallas Athenea.

Ella ahí entiendo los ojos de su escudo. Ahí entendió su escudo. Y como no era tarde, empezó de nuevo.)
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