independiente y nada, pero nada más. (ladyrocketdale) wrote in avecesvuelvo,
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.cosas que solo pasan en avellaneda.
escrito para el taller, bajo la consigna "derecho de asilo". especialmente para hinchas del rojo y de racing.



El flaco siempre fue distraído.

De esa gente que está caminando por la calle hablándote pero que si pasa una ambulancia o una autobomba se cuelga mirando la sirena y pierde por completo el hilo de la charla, sin importar lo vital o trivial que fuese. Los amigos se acostumbraron a que él sea ese tipo de persona, porque saben que no lo hace de mala gente y que si uno en verdad lo necesita, el flaco está ahí. Pero todos tenían un poco de miedo, a falta de mejor palabra, de que las distracciones le terminasen costando caro al flaco. Algunos incluso temían cosas como que no mire el semáforo cruzando la calle y que… bueno, que pase lo que puede pasar si uno se manda por Avenida Rivadavia en hora pico con el semáforo en verde.

Pero el flaco era distraído, no pelotudo. O al menos eso era lo que sostenía yo hasta que me enteré la que se mandó una tarde de noviembre por el final del campeonato del ochenta y pico.

La cosa empezó así: el flaco se ofreció a ir a comprar a la cancha las entradas para el partido del fin de semana, cosa que no tenía nada de raro y que a él le gustaba hacer; sobre todo porque sentía cierto placer inexplicable en subirse al 148 y bancarse el recorrido hasta Avellaneda. Así lo hizo. Y caminó bajo el sol las cuadras que le faltaban hasta las boleterías del estadio, pasó por los lugares donde se agrupan muchas veces los hinchas después o antes de los encuentros y compró las populares para todos.

Si la cosa hubiese terminado ahí, si el flaco hubiese retomado por el camino de siempre buscando la parada del colectivo, esto no sería una anécdota.

Después de guardarse las entradas en la billetera y ésta en el bolsillo de atrás del pantalón, se estiró con ceremonia la casaca roja que portaba con el orgullo del que juega de diez (a pesar de que el flaco era tres) y cuando levantó la vista la vio. Al día de hoy el flaco jura que era la morocha más linda que vio en toda su vida, no estaba buena y nada más - era hermosa, que no es lo mismo.

Se llenó entonces de valentía de héroe medieval y decidió seguirla, ver qué hacía la morocha y si se le presentaba alguna oportunidad de decirle algo (será distraído y medio tonto para algunos, pero algo que nadie puede decirle al flaco es que sea lento). Caminó sin mirar, tenía los ojos fijos en ella promete él, y dice que eso debería servir de justificación suficiente para los hechos que se sucedieron en las siguientes cuadras. No fueron muchas de por sí y eso debería haberle servido de pista, pero el flaco estaba en otra y además el flaco es distraído.

Cuando se dio cuenta era tarde, estaba caminando por Corbatta y eso significaba que el paredón que lo tapaba no era otro sino el del estadio ese que es vecino al propio. Y no terminó de pensar eso que recordó lo que tenía puesto y – y delante de él ya no estaba la morocha sino tres morochos… y el flaco siempre dijo que no tenía problema con el que miraba pibes, pero que lo de él eran las minas, así que fue una gran desilusión. Además los tres morochos tenían idénticas camisetas rivales a las del flaco.

Honestamente, lo peor de la situación era el momento. Si el flaco hubiese pasado por ahí, camiseta y morocha incluidas, unas semanas atrás simplemente ligaba unos insultos. Pero en el día que pasó, con el rojo casi pisando el título y la academia apenas rondando la mitad de la tabla… bueno, los insultos serían el menor de los problemas del flaco.

Se iluminó cuando los morochos se le venían encima con pinta de "hermano, está fue la peor idea de tu vida". Alzó la mano derecha y con la voz más seria que pudo citó algo que había estudiado una vez: —Toda persona tiene el derecho de buscar y recibir asilo en territorio extranjero.

Los morochos lo miraron, parecían congelados a pasos nomás de distancia y el flaco dudó de su idea hasta que uno de ellos habló: —Tiene razón.

Y así como si no hubiese pasado nada, los morochos se corrieron y el flaco siguió avanzando, se metió en el kiosco de la esquina y le preguntó al quiosquero si había visto a una hermosa morocha pasar por ahí.

Salió sin información de su morocha, saludó con respeto a sus rivales de alma y juego que aún andaban por ahí y retomó el camino debido.


Al flaco le gusta creer que, dejando de lado las violencias del fútbol y la gente mala leche que poco tiene que ver con la camiseta, si un hincha de Independiente se encuentra deambulando por Corbatta y Mozart (o si uno de Racing se encuentra a sí mismo en la esquina de Bochini y Alsina) tiene derecho a unas breves palabras y a meterse en el kiosco que haya cerca por unos minutos a modo de disculpa por la ofensa.

Es que el flaco además de distraído, es idealista.

Pero dicen algunos, que entre los hombres de verdad, los hinchas de en serio, es así.
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