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23 November 2014 @ 09:27 pm
El problema fue la ilusión.

Si alguien en junio me hubiese dicho que para fin de año Independiente iba a tener 30 puntos y estar con chances matemáticas de ganar el campeonato, yo no le creía. O le respondía que no me importaba. Que tenía ahora otras prioridades (léase: el partido contra Huracán) y que lo que sea que pase después, mientras pase en primera, iba a estar bien.

Me puse a pensar un poco cuando empezó la ilusión. Si fue con el debut ganador, si fue con el triunfo del clásico, si fue más adelante ganándole a San Lorenzo… creo que la ilusión empezó con Quilmes. Con ese agónico, lluvioso y perfecto partido. Cuando fui a rendir el repechaje del segundo parcial de bioquímica en todo lo que pensé fue en eso: el partido contra Quilmes.

La ilusión es en un barquito a vela en altamar. Vaiveneó como pudo contra partidos difíciles, limitaciones propias, arbitrajes complicados, envidia ajena, errores casi imperdonables… A veces el barquito estuvo a punto de dejarse caer, de sucumbir a vientos y agua. Otras veces surco olas cual trasatlántico experimentado. Ahora no sé cómo está el barquito. Quizás el rojo de la vela (por supuesto que es roja) este algo rajado. Quizás tenga adentro agua de los golpes del mar. Quizás, admitámoslo, este buscando puerto.

Pero.

Pero hubo un barquito en el mar con la bandera del rojo. Hubo ilusión aun cuando los más sensatos (o los más pesimistas) hubiesen dicho que no había con que ilusionarse.

Y eso no alcanza y eso no gana campeonatos. Pero si hay que elegir como volver, yo elijo ilusionarme. Aunque ahora me duela más, aunque ahora me cueste hasta presionar cada tecla para escribir, aunque la tristeza sea inmensa en este momento.

Si, fue la ilusión. Pero no sé si la palabra que quiero ponerle antes es "problema".

Habrá que ver. Habrá que esperar.

Y con esperarte, rojo querido, yo no tengo ningún-- bueno, ningún problema.
 
 
21 January 2013 @ 11:57 pm

.entre los pliegues de lejanos lugares oscuros.


Se escucha un equipo de música prendido y ella se mueve inconscientemente al ritmo con los acordes que le son familiares desde su infancia. Violeta Parra da gracias a la vida y, absorta en su tarea de pelar, una tras otra, las uvas oscuras sobre la mesada de la cocina, ella corea cada vez que se lo permite la canción.

Mora no entiende qué problema tiene su familia con la piel de las uvas, es tan suave y delgada que nadie debería siquiera notarla. Además no le piden que saque las semillas, lo que tendría más sentido porque son amargas al morderlas; simplemente tiene que pelarlas. Desnudarlas. Ya va por la treinta y nueve, no tiene idea de cuántas le faltan; en la última Cuaresma llego a las doscientas doce (se comió cuatro durante el proceso, pero no las peló, así que no cuentan).

Cada vez que deja una uva en la fuente se queda quieta por unos segundos, insegura, casi como a la espera de haberse equivocado y haberla puesto dentro de la bolsa de plástico donde yacen las cáscaras. Ya rescató tres al sentir que su movimiento de manos era erróneo, no quiere que sean más.

Le pica el cuello en el estribillo de la canción y trata de remediarlo frotándose contra el hombro derecho, pero lo único que logra es estar más molesta y rasparse con la cadenita de la que cuelga la piedra de amatista que perteneció a su ya difunta abuela. Por razones como esta, piensa, secándose las manos en el repasador y dejándolo ligeramente manchado de un desteñido violeta, ella no usa cosas en el cuello. Pero la vieja murió hace poco y su madre aún le pide que lo luzca en las reuniones familiares; Mora acepta aunque las dos saben que ella odiaba a su abuela. Y el sentimiento era mutuo. La piedra en cuestión había sido un obsequio del segundo marido de la anciana, el que murió ahorcado en medio de un confuso juego sexual y fue encontrado con la cara desfigurada de un modo que no dejaba lugar a duda sobre la asfixia como causa de muerte. Mora a veces se pregunta si con ese regalo su abuela le deseaba un destino parecido.

Su principal compañía en este día es la música, junto, quizás, con sus frutas; el olor de uva dulce le da al ambiente un dejo inconfundible de tarde de verano y se pierde por la casa llevado por las ráfagas de un viento fresco que amaina el calor.

La gente comenzará a llegar con el atardecer siguiente, familiares de regiones que ni sabe señalar en un mapa, con hijos y sobrinos y mascotas. Ella ya puede escuchar el ruido que van a hacer, las órdenes confusas en portugués, francés y español; reconoce en su cabeza la voz de su madre, la de su tía, si hace un esfuerzo la de esa prima feminista de ley, que al día de la fecha su padre cree que es lesbiana, pero Mora sabe que está en una secreta relación con el dueño de un viñedo en Francia.

Sigue de modo casi automático con su tarea de pelar mientras imagina y vaticina cómo se llenarán las mesas: las recetas tradicionales, los platos descartables y los vasos de plástico cristal, que siempre se rompen cuando su abuelo paterno los aprieta demasiado fuerte mientras se queja que en su época los materiales tenían mayor resistencia. Las servilletas van a andar más por el piso que en su lugar y harán falta cuando los niños tengan en su boca residuos de salsas, condimentos y gaseosa en igual intensidad; por lo que ellos terminaran seguro limpiándose los labios con las mangas de su propia ropa.

Va por la uva cuarenta y tres cuando interrumpe su tarea el aleteo de un turaco en la ventana frente a ella. Sabe qué pájaro es no por el color índigo en sus alas -que seguro reflejarán el sol de una manera tan impecable que parecerá ser luz pintada a propósito en la esquina de un cuadro impresionista- sino porque siempre hay uno de esos dando vueltas por su jardín y Mora reconoce su suave canto y distingue el ruido que hace con sus alas. Ella puede imaginarse odas escritas ante la imagen del contraste entre los colores del ave y los verdes de la casa en las afueras de Lisboa. Lamenta entonces no ser escritora y además, estar sola en la casa y no poder llamar a nadie para que venga a mirarlo o sacarle una foto. De cualquier modo, Mora prefiere su tranquilidad y está en contra de las cámaras de fotos, siente que son incapaces de capturar la esencia de lo hermoso y lo verdaderamente brillante; solo muestran un poquito de lo que el ojo en su esplendor podría.

Para muchos es raro que siga defendiendo al ojo humano, después de lo traidor que resultó ser el propio par; pero ella extraña su vista completa por sobre todas las cosas y ni las fotos podrían darle lo que ella no pudo ver.

Ya no hay colores en su vida y no ve las uvas que pela, pero Violeta Parra sigue cantando y Mora, libre, imagina con lo que recuerda.
 
 
12 June 2012 @ 03:20 pm
(una parte de mi lleva meses escribiendo esto)


Se supo desde que volviste Mariscal, que venías para decir adiós, que esta iba a ser tu despedida, así que de sorpresa esto no tiene nada pero… pero se me ocurre que una parte de mí, con más magia y deseo que razón, pensaba que siempre ibas a estar ahí, en la línea de atrás, con garra, con entrega, con fútbol.

Tengo que reconocer que es verdad, al menos te vi de vuelta acá, en casa, con la misma casaca roja con la que te conocí muchos años atrás; que es un enorme honor que hayas terminado con nosotros, que nos hayas elegido como última parada en este camino. Eso es hermoso. Te vi jugar de nuevo con la camiseta que yo más amo, nada de Zaragoza o de Barcelona, donde también hinché por vos como siempre; sino que mi último recuerdo tuyo en la cancha es con la misma roja que te vi por primera vez hace más de diez años.

Sí, me hubiese gustado que te vayas con una copa abajo del brazo o con un campeonato como el de la última vez; me hubiese hecho feliz por vos, porque es el cachito de corona que le falta para cerrar tu carrera: una estrellita más, también feliz por nosotros que sería tanto orgullo festejar de nuevo con nuestro Mariscal en la cancha. Me hubiese gustado un final de película, de cuento, de historia - algo que pueda repetirle a mis hijos con lágrimas en los ojos, empezar una anécdota con "en ese campeonato que el Gaby Milito volvió al rojo…". Pero quizás no es necesario. Quizás no era el destino o la suerte o el modo. Y la manera será esta, con la cabeza un poco agachada y esperando que sea lo que tenga que ser de estas dos fechas, con menos glamour, con menos prensa… pero como siempre con mucha pasión, con mucho amor a la camiseta, con la entrega de un tipo que dejo al mejor club del mundo para volver - para volver a casa.


Gracias Mariscal, Gaby, genio, ídolo. Y esperemos que esta historia de amor no termine acá y que vuelvas, como ya lo hiciste una vez. Que esto sea solo un "hasta luego".
 
 
30 December 2011 @ 06:55 pm

(originalmente escrito para el taller, con la consigna "ojo de lechuza". inspirado y dedicado a elmundodelamaga)



No tuvo fiesta de quince, ni celebración de dulces dieciséis, tampoco un benei mitzvah ni un diksha. A ella simplemente le regalaron un escudo cuando cumplió doce.

Un escudo que pesaba más que ella, que se veía sucio, que cortaba en los bordes si no lo sabías agarrar bien. Un escudo de color peltre apagado que se notaba que hacía bastante que no brillaba y que tenía labrada en el centro una mirada penetrante, una mirada inteligente. Nadie le dijo de quién era la mirada, pero cada vez que lo tenía frente a ella se quedaba contemplando esos ojos, buscando reconocerlos. No sabía decir, menos con su corta experiencia, si eran de un hombre o una mujer o un animal. No podía ver en ellos ningún rasgo característico, simplemente estaban ahí, tallados en el medio de su escudo, remarcados por el polvo acumulado en las hendiduras que se veían así más negras que grises.

De entrada no entendió el regalo. No encontró símbolo más allá de lo obvio, de lo literal: era para defenderse. A los doce años mucha idea de que podría tener que defenderse no tenía, si tenía manos que la cuidaban y voces que la protegían, para qué necesitaba algo más (algo viejo, sucio, pesado y con ojos ahí, mirándola).

A los dieciséis lo guardó detrás de su cama, porque en el medio de la habitación carecía de sentido, siempre alguien terminaba golpeándose con él y además a la noche ella estaba segura de que los ojos brillaban.

A los dieciocho lo volvió a sacar. Cuando se mudó sola a una casa desconocida, cuando se encontró dejada a la deriva de la vida, lo puso a la vista y lo usó para lo que siempre supuso que servía: defenderse. Su escudo dejó de ser viejo al darle un uso en el hoy por hoy, dejó de ser sucio cuando se pasó una tarde con él y gastó todo producto embellecedor que se le cruzó por la cabeza, dejó de ser pesado cuando lo movió cerca de su puerta de entrada; donde el par de ojos miraría a cualquiera que entrase (y lo miraría con severidad).

Desde ahí, jamás dejó su escudo.



(Antes de cumplir los treinta, le regalaron otro. Pero distinto, no tenía forma de escudo, ni era color peltre, ni era viejo, ni estaba sucio. Antes de cumplir treinta, tuvo su primera hija.

La niña tampoco quiso fiesta de quince, ni celebración de dulces dieciséis, no necesitó de un benei mitzvah ni de un diksha. Entonces ella, cuando la nena cumplió doce, le dio su escudo.

—Mira —fue lo primero le dijo la nena señalando los ojos— Son como los tuyos.

— ¿Cómo los míos?

—Sí — y la nena se levantó, fue a buscar un libro de la biblioteca y se lo trajo a ella, a su mamá, abierto en una página determinada.

—Y como los de ella— dijo, pero el libro no tenía ningún dibujo para que la nena señale, simplemente estaba abierto en el mito del nacimiento de Pallas Athenea.

Ella ahí entiendo los ojos de su escudo. Ahí entendió su escudo. Y como no era tarde, empezó de nuevo.)
 
 
10 October 2011 @ 03:20 pm
(esto seguro va a terminar en el taller. inspirado por estas palabras y por la vida que decide pasar cuando se le da la regalada gana. y es genial)



Ayer, anoche, lo entendí.

Me pasé un año entero estudiando el desarrollo de un embrión en el útero de la mujer; repitiendo de libro y de clase las palabras acondicionamiento, protección, resguardo, medio más apto… Analicé durante todo ese ciclo lectivo porque el útero era el lugar más propicio para el desarrollo de la vida desde cero, las formas en las que el cuerpo de la madre cambiaba en beneficio de este nuevo organismo que debería albergar. Alteraciones hormonales, mejor flujo sanguíneo acompañado de cambios en la frecuencia cardíaca, variaciones alimenticias a favor de un cúmulo de células que nueve meses más tarde tendría forma, más o menos similar, a la de un ser humano con todas sus partes.

Estudié todo eso. Lo aprendí. Lo repetí. Lo expliqué. Di el parcial en diciembre y el final en febrero. Me fue bien. Materia terminada.

Creí que eso era todo. Que lo que me tocaba entender sobre el envase, el refugio de nueve meses del organismo que yo desearía estudiar en un futuro (porque me marcó como para andar decidiendo aún muy temprano mi especialidad) ya estaba todo dicho. Ya estaba todo comprendido y caso cerrado.

Me equivoqué. Me equivoqué terriblemente y hasta ayer no lo sabía; y quizás, quizás si no hubiese venido Lisandro a darme cátedra con el mejor ayudante que un profesor puede tener, su madre Celeste, yo nunca hubiese aprendido esto (o no a tiempo). Porque cuando vi a ese pequeño ser recién salido, demasiado rosa y demasiado chiquito, refugiado contra el pecho de su madre, ahí quieto y dormido; en paz de nuevo seguramente ya que ese debería ser el primer lugar tranquilo y apropiado después del terrible estrés de haber abandonado el hogar de los pasados nueve meses… ahí lo entendí.

Entendí que no hay refugio mejor que el calor de una madre, que el cuerpo y el perfume que tiene esa mujer bien metido en la piel y que solamente puede oler el hijo recién nacido. Entendí que no hay lugar más propicio en el planeta que los brazos de esa madre para que aún pueda sentirse junto a ella, en ella. Entendí porque mi profesor hablaba de la maravilla de esta especie mamífera de guardarse bien adentro algo tan suyo para que nadie lo pueda ver hasta que esté un poco más listo, un poco más fuerte para el enfrentar el exterior. Entendí porque eso solo se le puede confiar a una mujer. Entendí la sonrisa de Celeste… la de sus padres, la de su pareja, la de sus hermanos, la de mi mamá.

Entendí todo.

(La facultad me dio el principio, pero el postgrado… el postgrado fue este salir corriendo un domingo a la noche, cuando había otros planes y cada uno estaba en la suya y nos encontramos todos ahí a la espera y nos pusimos nerviosos… y a algunas que nos hicieron subir últimas a ver a la madre nos dimos el gusto de ser las primeras en ver a este bebé.)
 
 
Current Mood: happyhappy
 
 
 
 
25 June 2011 @ 10:25 pm




Siempre quise escribir un cuento de fútbol.

Relatar alguna anécdota compartida en una casa íntegramente roja o conmemorar un hecho desde mi humilde punto de vista, pero nunca me animé. Me imaginé que si lo hacía, o si decía que quería hacerlo, me iban a salir con un "para escribir un cuento de fútbol tenés que haber jugado al fútbol alguna vez". Y la puta madre y el puto género que de entrada me marginó, jamás jugué un partido de fútbol. No se confundan, no cambio ni por cinco minutos ser mujer, ni por cinco segundos, pero me gustaría que eso no sea razón suficiente para dejarme afuera de todo esto, del juego más hermoso que hay en el universo. Pero parece que lo es, y como si eso no fuese poco, este sexo con el que nací (y del que estoy orgullosa) me prohíbe que me guste. Bueno, no me lo prohíbe, pero digamos que me lo sugiere con un dejo de presión social de lo que es común, normal y bien visto. Bien pues, querida sociedad, me dieron un hermano que con menos de diez años me hizo aprenderme de memoria la formación no solo del equipo de mi corazón, sino también de cierto Real Madrid galáctico y de un tal Barcelona que no era en ese momento el monstruo que es ahora. Y como si eso fuese poco, me tomaba pruebas sobre eso. Si pruebas - mi hermano era un ser especial (lo es, si somos honestos).

Pasé cierto tiempo de mi vida, cuando pegó la estupidez de la secundaria que a todos les llega en algún momento, negándome al llamado que me hacia la pelota. No la escuchaba, la ignoraba y decía "no me gusta, lo odio, lo detesto". Me olvide apropósito del mundial de 1998 y del gol de Javier Zanetti, porque solo servían para decirme "pero nena, a vos esto te gusta, te gusta tanto como escribir nena, te gusta tanto como respirar". Me hice la distraída que me sale bárbaro y apenas sabía cosas de fútbol porque de eso se hablaba en casa, porque papá le contaba a mi hermano, porque la tele estaba prendida. Disfrute el campeonato de Independiente por la felicidad familiar más que por otra cosa (o al menos eso es lo que me decía). Hasta que cierto sábado (y nadie sabe de esto hasta hoy) estaba haciendo zapping tirada en mi cama y me crucé con un partido de la Liga Española, jugaba el Barcelona contra algún equipo que no recuerdo y lo deje porque – porque lo dejé. Nada me ataba a ese Barcelona, mi hermano había desistido de pruebas y formaciones años atrás, pero no cambie ese canal y miré en el secreto de mi pieza esos noventa minutos. Algo se encendió en alguna parte de mi cabeza, de mi corazón, y ahí supe que mucho más no iba a poder vivir esta mentira.

Acepté del todo mi pasión con el Mundial del 2006 y para la Copa América del 2007 ya lo reconocí como enfermedad. De un momento a otro ya no era simplemente mirar a la Argentina o a Independiente, de apoco se iban sumando equipos del exterior, selecciones con jugadores familiares y equipos de acá que estaban ahí y el partido parecía entretenido. Me di cuenta de que era un camino sin vuelta atrás mirando ofuscada un partido de la B nacional en el año 2009.

Pero nada de esto, ni las copas perdidas con lágrimas derramadas por la selección, ni los festejos sudamericanos con el rojo de mi vida, ni los partidos de Inter, del Barcelona, del Liverpool… nada, nada me da cátedra o razón para escribir un cuento de fútbol. Y no importa que tenga ideas, que tenga historias verdaderas, que tenga sentimientos, nada importa porque al final del día, nunca jugué un partido de fútbol.

Así qué… ¿saben qué? esto se acaba acá, yo voy a empezar el gimnasio, me voy a poner en forma y me voy a buscar una escuela de fútbol femenino y todo va a estar bien en el mundo, porque esto del cuento es nomás una excusa por no decir la simple verdad: me muero por jugar a la pelota.
 
 
Current Mood: peacefulpeaceful
 
 
22 October 2010 @ 03:50 am





A veces soy Jo – primero porque siempre lo fui desde chiquita, yo escribía y ella también y eso hizo que la destaque, la tome como favorita, me identifique. Jo es la heroína que muchas decimos que queremos ser en esa época, tiene eso de Juana de Arco cuando dice que quiere ir con el padre a pelear y sabemos sin duda que se pondrían pantalones y andaría por la calle sin vergüenza de usarlos. Jo tiene la rebeldía por el feminismo verdadero que todas queremos tener, que decimos que tenemos, que juramos que tendríamos en esa misma situación. Para mí ser Jo siempre tuvo más sentido que no, pero siempre vuelvo a la escritura para justificarlo, aunque también le agrego que me pasaba como a ella, no me sentía como las demás nenas de mi edad, nunca me sentí como ellas, no porque quería salir corriendo a patear una pelota, simplemente porque no me sentía identificada con lo que ellas representaban. Por eso también fui, soy, Jo.


Hace muy poco descubrí que podría ser Meg - la verdad pasé muchos años de mi vida negándome a la idea de tener hijos, a la idea de ser mujer por ser ama de casa y madre. Era la rebeldía (era ser Jo), era el negarme a ver que la maternidad no tiene nada que ver con el lugar destartalado en el que el hombre puso a la mujer con el paso de los siglos y la historia. La maternidad es mucho más grande, es algo tan propio del género que no se lo puede negar – por algún lado siempre sale, aunque no parezca tan literal. No me imagino feliz como Meg con lo que le ofrece John, me pasa como a Jo (por supuesto) que le cuesta entender que la pequeña casa y la promesa de la familia le sean suficientes; no me engaño con eso, no busco eso. Pero hay una Meg dormida adentro mío que espera el momento exacto para despertarse, el momento para querer comprar ropa pequeñita y ponérsela a un ser humano tan chiquito y tan mío que no lo termino de dimensionar. Los años me dieron eso, aceptar a mi Meg, la que no soy en esencia, pero que está ahí.


No me sale ser Amy – quizás porque nadie verdaderamente le hace justicia. Si somos honestas Amy es retratada como egoísta y vanidosa de entrada, como nena en su definición más sencilla y cuesta bastante empezar a descubrir lo que es ella fuera de la imagen de la niñita obsesionada con su nariz que le quema los escritos a Jo. Amy es también hermosa, tiene la gracia típica de las muchachitas de sociedad de las novelas de Jane Austen y pasa bastante desapercibida en las manos de Luisa May y en Estados Unidos. Quizás no me sale ser la hermana menor y por eso no encuentro fácilmente a mi Amy, pero debe estar ahí, maquillándose seguro, eligiendo una pollera por sobre un pantalón y esperando que me dé un brote glam en algún momento.


Y nunca sé si soy, si quiero ser o si debo ser Beth – mi hermosa Beth. Dulce, tímida, silenciosa, observadora innata de todo lo que pasa, por eso me veo reflejada en ella; en el fondo del salón, quieta, escondida, refugiada, mirando. Simplemente eso le alcanza a Beth, por eso a veces, callada y sentadita, me siento Beth, solo que sin saber tocar el piano. Y también está la devoción que tiene hacia los demás, a sus hermanas, a Hannah, a sus padres, a los niños que cuida; Beth siempre es descripta y pensada como la más buena, la más angelical – posiblemente porque todos sabemos que Beth muere. Me aterroriza que mi Beth muera, que mi capacidad de conmoverme desaparezca (¡con lo que me costó encontrarla!), que se me vayan de las manos los deseos de cuidar otras, que me vuelva tan fría como los frascos y los libros (y si, esto iba a terminar del lado de la carrera).



Todo esto es por lo que sigo leyendo este libro, lo agarro y lo leo de repente, de la nada, aunque sea un pedacito, un capítulo o dos. Por eso todavía lo releo, las dos partes, cada tanto. Tengo que mantener a las mujeres de adentro mío en contacto conmigo y con ellas mismas, tengo que ver si cambio la proporción de cada una en mi persona. Nunca me voy a cansar de pensarlo, de darles estos nombres propios a los sentimientos tan de mujer que están adentro mío – que están adentro de cualquier mujer, que me gusta buscar en mis mujeres, en las de afuera, las que día a día se encuentran con que siempre me visto como Jo, a veces me arreglo como Amy, de vez en cuando me sale la voz de Meg y espero siempre poder amar como Beth.
 
 
Current Mood: peacefulpeaceful
 
 
16 March 2010 @ 07:34 pm

"escribí de pájaros"
-juani.


Nunca soñé con volar.

Ni siquiera me imagine a mi misma desplegando alas y paseándome por los aires, no salía de mi la necesidad, no me parecía necesario – estaba tan bien caminar para mí, nada malo te pasa en el suelo si mirás bien, no es terrible si caes, no es muy peligroso si te chocas con alguien… ¡tan seguro es el piso! Y además, ¿qué hay de especial en el cielo? ¿qué tiene de maravilloso ese celeste uniforme y esa cercanía ficticia al sol? ¿no son molestas las nubes, esos enormes engendros de aire y agua, que están en todas partes?

Pero… pero si no vuelo, los demás van a mirarme mal, mirarme raro, decir que no soy natural, decir que tengo miedo quizás y que no sé. ¡Por supuesto que volar! Solo que no me gusta, no me parece ni seguro ni divertido. Tengo alas sí, pero también tengo un par de patas que funcionan muy bien, corro muy rápido y se manejarme en ellas, para que quiero --- oh, ahí viene ese gato de nuevo.


…bueno, a veces sirve volar.
 
 
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Current Mood: sicksick
Current Music: tv on foxsports
 
 
28 December 2009 @ 03:00 pm

-Vos no sabes lo que se siente.



…¿yo? yo nunca jugué un partido de fútbol, eso es verdad (aunque en parte fue más porque nunca tuve con quién), yo jamás metí un gol, no eludí a mis amigos una tarde de verano en cancha de baby, tampoco tape una pelota que todo mi equipo veía adentro; no viví la incomodidad de haber perdido un partido, ni celebré el triunfo entre risas y abrazos. No, nunca.

Yo solo me siento del otro lado y miro. Observo como hice toda mi vida, con todas las cosas. Recuerdo nombres, apodos, resultados, momentos; memorizo caras, técnicas, trucos, goles. Los ordeno en mi cabeza, los clasifico, les adjudico a veces una reacción, a veces un sentimiento (no me gustan los tiros libres, odio patear penales casi tanto como atajarlos, no confío en el línea, a veces quiero jugar sin enganche, no te cambio por nada el doble cinco, prefiero la línea de cuatro…).

Yo salto cuando la pelota da en el travesaño, me trago el grito de gol que se me armó en la garganta, me muerdo la lengua, me paso la mano por el pelo. Yo me quejo con el pobre lateral que suba, que corra que para algo tiene piernas y al minuto le reclamo que no está resguardando abajo. Maldigo a toda la familia del cinco cuando la mitad de la cancha es una zona de paso nomás; critico al central porque raspa pero me enojo si deja pasar pelotas (¡y cómo no! si con el arquero que tenemos… el mismo que hace dos jugadas le declaré mi amor incondicional). Insulto a mi equipo, lo llamo mi vida; le digo gracias por existir cuando hacía un tiempo aseguraba que mi vida sería más fácil si fuese hincha del Barcelona (pero del de ahora, eh?).

Le doy un beso a mi camiseta.

Nunca hice un gol no, pero llevo tantos (¡tantos!) besos a este escudo que casi no importa.
 
 
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